Parsifal bicentenario y despojado

Es la primera vez que me decepciona una producción del Metropolitan, en estas transmisiones en vivo que se proyectan en el teatro Solís. El título elegido para homenajear los 200 años del nacimiento de Richard Wagner no podía ser mejor (aparte de las versiones integrales del Anillo que se están realizando, aunque sin transmisión en vivo). Sin embargo la puesta en escena de este Parsifal fue excesivamente austera y despojada. Austera porque la sencillez del vestuario y la escenografía es tal que no sirve a los fines de potenciar en resonante eco la exquisita y grandiosa música del Parsifal. Por el contrario, la música se ve reducida por lo visual lejos de ser amplificada, como debería ser. Despojada porque le quita poder simbólico a la obra. No hay bosques ni praderas en el primer acto. No hay sala del Grial ni grandioso templo de Montsalvat. Dónde están los jardines deliciosos del segundo acto ? La primavera del tercer acto es un yermo, un páramo desierto casi lunar. Dónde están las flores cuando Parsifal las menciona ?  Dónde está la vida a la que la obra tributa ? Lo único medianamente logrado con esta lógica es el segundo acto, que entre aguas sangrientas tiene el poder de remitirnos a los dominios del nigromante. No queda claro a qué se pretende invocar con esta puesta en escena, pero lo cierto es que no parece hacerle justicia a la obra del autor que nacía hace 200 años.
Como siempre y lo que nunca defrauda, o como en este caso asombra para bien, es la calidad musical de la orquesta del MET, así como de los solistas invitados. En este caso estamos hablando de algunos de los mejores exponentes wagnerianos de la actualidad: el tenor alemán Jonas Kaufmann como Parsifal, la soprano sueca Katarina Dalayman como Kundry y el bajo alemán René Pape como Gurnemanz.










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